
Era una de esas mañanas otoñales y soleadas en las que acostumbro a pasear por el Parque del Retiro hasta que descanso sentado en uno de los bancos bajo sombra y frente al lago. Al ascender al parque desde una de las puertas de Alfonso XII, un muchacho que repartía propaganda me tendió un díptico rojo. Lo cogí pensando que cuanto antes se los quitara de encima, antes podría cobrar su comisión. Me dio la impresión que se trataba de publicidad bancaria, de uno de los bancos grandes de este país que prometen, sobre todo en épocas de crisis económica, mayores y más fáciles beneficios a los que, como yo, comemos de lo que producimos. Pero como todas estas frases anunciadoras de dinero son iguales, sin hacer caso, tiré aquella información a la primera papelera que le resultó cómoda a mi mano diestra.
Desde mi asiento, personas, ancianas ya, paseaban con la tranquilidad que haberse sentido útiles. Otras, en esa edad en la que se deja de trabajar remuneradamente pero se ha de continuar vivo, caminaban con el paso de tercio legionario, con el sentimiento corporal sudado, guarrería incómoda pero saludable. De vez en cuando, algún matrimonio alto, rubio y sonrosado, guía turística en mano, asomaba a sus pequeños, rubios y sonrosados, al embalse para que pudieran ver los cada vez mas numerosos peces anaranjados. Jóvenes patinadoras de culito apretado giraban sobre su eje demostrando al público existente, ancianos en su mayoría, que la diferencia de edad sirve para algo. En una de mis apasionadas miradas, casi enfermizas, al culito respingón de una de aquellas jovenzuelas de corto y ceñido pantaloncito verde y camiseta de tirantes, un hombre vestido con traje azul marino, camisa blanca y corbata granate, se sentó a mi lado. Sacó uno de esos diarios color sepia y se puso a comentar algunas noticias económicas que, al parecer, le parecían mediocres. Mi concentración pasó de aquellas agradables curvas a los repugnantes datos económicos citados por aquel presunto ejecutivo.
Me miró. Le devolví la mirada. Fijamos ambas y me dijo – me llamo Ángel, pertenezco al mundo de la economía porque economizar existe desde los orígenes. Presiento, por tu aspecto, que no te gusta este tema del que te hablo, pero, créeme, es apasionante – y volvió a fijar su mirada en aquel periódico. Otro tonto que se cree muy listo, pensé yo y lo extraño es que ya tenía cierta edad como para andarse profetizando públicamente bobadas de esa índole. Me levanté del banco para impedir que aquel primer brote se convirtiera en verborrea pandémica y me asomé, prudentemente por aquello del vértigo, a las aguas del lago. Ensimismado con las carpas naranjas me sobresaltó la sombra de un gran pájaro sobre el agua, posiblemente una cigüeña que abandonaba Madrid en dirección a tierras cálidas. Me volví para cerciorarme si Ángel seguía a mis espaldas. Se había marchado. Sonreí con esa alegría pasajera que entregan gratuitamente los plastas cuando se marchan en busca de otra víctima. Había llegado la hora de irme a casa.
CONTINUARÁ
Jesús Arroyo
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