viernes 20 de noviembre de 2009

¡NO! A LA PORNOGRAFÍA INFANTIL


Salí de mi portal
a la calle de aprendiz,
con chubasquero puesto
por si llovía en el jardín
y me cruce con uno
que llevaba regaliz
en su mano derecha
y en la izquierda un querubín.
El niño, rubio era,
con sonrisa de pasquín,
aquella mueca ingrata
no me hizo presumir,
seguí sobre sus pasos
hasta el oscuro devenir…

Pasaron muchos años,
quien me lo iba a decir,
cuando le detuvieron,
en la tele yo le vi,
el mismo tipo oscuro
que portaba regaliz
y sobre aquella cama
fotos, desnudo infantil.

Ahora me pregunto,
me cuestiono yo sin fin
cual fue mi motivo,
no fui a la guardia civil.
Si os pasa, amigos míos,
lo que aquel día advertí,
no les dejéis tan solos
como al rubio querubín.
Jesús Arroyo

jueves 19 de noviembre de 2009

CAMINANTES DE UN MUERTO DESTINO


Cuando rastreo la ciudad
en busca de nada
para encontrar algo,
me pregunto…
¿se darán cuenta si les sigo?
Caminantes…
porque con su mirada al vacío
carencia parecen ser,
autismo social desenfrenado.
Tal vez son pensamiento,
si es así,
rica perfección del nacido,
muerto destino.


Jesús Arroyo
copyright Jesús Arroyo ©

miércoles 18 de noviembre de 2009

MAR DE OROPESA AMANECIDA

Amancer en la playa de la Concha (Oropesa del Mar)
Foto Jesús Arroyo
.
Amanecida la noche queda,
atrás luna y estrellas,
las nubes negras.
Sobre la mar se enciende el día,
luces tempranas de otoño,
doradas olas, plata marea.
Acaso las volanderas golondrinas
despiertan con su trino madrugada,
gaviotas llegan.
Los barquitos, lunares aún del horizonte,
desperezan sus redes
bañándolas en aguasales.
Sigue levantando el sol,
fiel amante,
para continuar dorada la mar despierta.
El ruido del silencio se llama ola,
viajera acompañada sin equipaje
que se hace caricia y arena en la orilla,
supongo se saludarán sin desayuno
para enlazar tanta vida como luz
en este nacido día
confundido con la penumbra escondida,
oculta, vergonzosa.
En un segundo se iluminará la orilla
de retirados paseantes,
ahora todo es calma y yo despierto.
.
Jesús Arroyo
copyright Jesús Arroyo ©

lunes 16 de noviembre de 2009

JARDÍN DEL AYER


Clavado en el jardín del ayer,
vergel de mil rosas sanas,
mil jazmines, mil nenúfares
que en mil estanques nadaban.
Aquel que regué culpable
con la sangre de mi mano
al cortar temprano tallo
de una flor encapullada.
Se marchitaron las rosas,
los jazmines, los nenúfares
hundidos bajo lodazales negros.
Mariposas, colorines volanderos,
se volvieron terrenales
y tú, que a gritos pedías
amor entre almohadas blancas,
te fugaste a otro jardín
y en otro vergel te hallas.

Jesús Arroyo
copyright Jesús Arroyo ©

jueves 5 de noviembre de 2009

ALMA EN ROJO (Final)


La primera parte de este relato se puso el domingo, 1 de Noviembre.



Bajando hacía la puerta cercana a la Escuela de Obras Públicas, me encontré de nuevo con aquel pesado personaje. El sol hacía reflejo en su calva, lo que me hubiera hecho cierta gracia si no fuera porque el encuentro era inevitable. Al llegar a su altura, dobló el periódico metiéndoselo en el bolsillo de la chaqueta y me miró sonriendo – solo te pido unos minutos, breves minutos y si nos extendemos será porque lo que ofrezco te ha convencido – Conocía su cara, ahora me daba cuenta, pero no sabía decir quien era. Esas caras que ves frecuentemente, esa indumentaria también conocida. Nos sentamos en un banco, junto a una de las blancas fuentes. Me explicó que pertenecía a la ejecutiva de la banca y que en épocas como la actual, se veía obligado, junto a toda la organización directiva, bajo sus órdenes, a buscar nuevos clientes. – Pues… me gusta que se pongan el mono – dije yo. Me explicó que si dejaba firmado uno de esos contratos con decenas de cláusulas, él mismo, me visitaría una vez al año para explicarme como finalizaría la póliza, con mejoras y beneficios garantizados de por vida y con la única condición de seguir paseando por el Parque del Retiro.

Desde entonces mantenemos una buena relación. No se puede llamar amistad, pero he comprobado que eran ciertas todas las condiciones de aquel documento, lo que me da altos beneficios anuales. Vivo más alegre, he dejado de trabajar dedicándome a mi gran afición, gasto lo ganado con la seguridad de seguir ganando, viajo… No puedo pedir más. Tengo que reconocer que no siempre me apetece acudir a la cita, que me gustaría andorrear por otros lugares, pero, la exigencia es solo esa, al final… lo hago gustoso. Llego, le espero en el banco, acude puntualmente, se sienta a mi lado, me explica como van las cosas, cuales son las exclusiones y, al anochecer, despliega sus alas y vuelve a subirse a lo alto de la columna en la que vive, escoltado por algunos colaboradores. ¡Es único en el mundo!

Ángel os puede buscar también a vosotros, le conoceréis por el rojo de su alma y la llama de sus ojos y... un consejo, no pagaréis nada en vida.

Jesús Arroyo
copyright Jesús Arroyo ©

martes 3 de noviembre de 2009

TENÍAMOS DIEZ AÑOS


El agua bajaba fría,
el deshielo culpable,
saciaba su sed la agonía.
Desnudaste tu cuerpo,
curvas leves, aún de cría
y sentí un escalofrío bajo mi piel.

Tiré mi corazón al río de la nieve,
era verde, aún no sangraba,
pero se desgarraba breve
mirando la corriente.
Dolor, amor que flotaba leve
al que jamás supliqué.

Te llamabas Paz…
batalla perdida.


Jesús Arroyo
copyright Jesús Arroyo ©

domingo 1 de noviembre de 2009

ALMA EN ROJO



Era una de esas mañanas otoñales y soleadas en las que acostumbro a pasear por el Parque del Retiro hasta que descanso sentado en uno de los bancos bajo sombra y frente al lago. Al ascender al parque desde una de las puertas de Alfonso XII, un muchacho que repartía propaganda me tendió un díptico rojo. Lo cogí pensando que cuanto antes se los quitara de encima, antes podría cobrar su comisión. Me dio la impresión que se trataba de publicidad bancaria, de uno de los bancos grandes de este país que prometen, sobre todo en épocas de crisis económica, mayores y más fáciles beneficios a los que, como yo, comemos de lo que producimos. Pero como todas estas frases anunciadoras de dinero son iguales, sin hacer caso, tiré aquella información a la primera papelera que le resultó cómoda a mi mano diestra.

Desde mi asiento, personas, ancianas ya, paseaban con la tranquilidad que haberse sentido útiles. Otras, en esa edad en la que se deja de trabajar remuneradamente pero se ha de continuar vivo, caminaban con el paso de tercio legionario, con el sentimiento corporal sudado, guarrería incómoda pero saludable. De vez en cuando, algún matrimonio alto, rubio y sonrosado, guía turística en mano, asomaba a sus pequeños, rubios y sonrosados, al embalse para que pudieran ver los cada vez mas numerosos peces anaranjados. Jóvenes patinadoras de culito apretado giraban sobre su eje demostrando al público existente, ancianos en su mayoría, que la diferencia de edad sirve para algo. En una de mis apasionadas miradas, casi enfermizas, al culito respingón de una de aquellas jovenzuelas de corto y ceñido pantaloncito verde y camiseta de tirantes, un hombre vestido con traje azul marino, camisa blanca y corbata granate, se sentó a mi lado. Sacó uno de esos diarios color sepia y se puso a comentar algunas noticias económicas que, al parecer, le parecían mediocres. Mi concentración pasó de aquellas agradables curvas a los repugnantes datos económicos citados por aquel presunto ejecutivo.

Me miró. Le devolví la mirada. Fijamos ambas y me dijo – me llamo Ángel, pertenezco al mundo de la economía porque economizar existe desde los orígenes. Presiento, por tu aspecto, que no te gusta este tema del que te hablo, pero, créeme, es apasionante – y volvió a fijar su mirada en aquel periódico. Otro tonto que se cree muy listo, pensé yo y lo extraño es que ya tenía cierta edad como para andarse profetizando públicamente bobadas de esa índole. Me levanté del banco para impedir que aquel primer brote se convirtiera en verborrea pandémica y me asomé, prudentemente por aquello del vértigo, a las aguas del lago. Ensimismado con las carpas naranjas me sobresaltó la sombra de un gran pájaro sobre el agua, posiblemente una cigüeña que abandonaba Madrid en dirección a tierras cálidas. Me volví para cerciorarme si Ángel seguía a mis espaldas. Se había marchado. Sonreí con esa alegría pasajera que entregan gratuitamente los plastas cuando se marchan en busca de otra víctima. Había llegado la hora de irme a casa.

CONTINUARÁ
Jesús Arroyo
copyright Jesús Arroyo ©