domingo, 17 de febrero de 2008

EL VALLE DE LA NENA MUERTA - Cont.


Fue a ver pero Emilio la paró en seco agarrándola de un brazo “no te acerques Nevinos, no te acerques”. Solo dijo eso, pero en su cara se reflejaban ciertas muecas de duda, tal vez de miedo.

Continuaron el camino, Cuco no aparecía por ningún lado, no respondía a los silbidos de Emilio, tampoco a las llamadas de Nevinos. Llegaron a los prados de Santiso, la nieve comenzaba a cubrirles los pies, el paso se hacía mas pesado, se calzaron las madreñas, con ellas evitaron el frío y la humedad en los pies. La niebla, esa amarga cortina que baja desde el cielo, comenzaba a ser opaca. Las doce de la mañana podría ser buena hora para descansar, para tranquilizarse con un buen cacho de tocín con pan. Emilio saco del morral una piel curtida de un perro pastor que tuvo hace años, la extendió sobre la nieve y se sentaron. (Es costumbre, por estos lugares, aprovechar todo lo que la naturaleza crea y todo lo que ella misma destruye). Nevinos siguió llamando a Cuco, nada se oía, tan solo, para los oídos entrenados de Emilio al medio, el repique de los copos helados sobre las ramas de los castaños. Nada más. La visibilidad comenzaba a ser nula. Emilio pensaba que, después de comer algo, tendrían que continuar hasta la Peña de la Guaxa, aunque era un plan que le daba cierto recelo ya que leyendas contaban que la Guaxa, esa vieja mujer, arrugada por el paso de los años, de rojos ojos y un solo diente, chupaba la sangre de los guajes dejándoles apenas sin fuerza. Por otro lado, si se quedaban en aquel lugar, sin resguardo y la nevada se hacía más fuerte, podrían quedar sepultados.

Terminaron con las breves viandas, recogieron y se dispusieron a continuar dirección a la Peña de la Guaxa. Emilio no quiso pensar más, aunque los ruidos de la mañana entre las zarzas y la desaparición de Cuco podrían indicar algo. Nevinos no conocía aquellas habladurías, tampoco quería contárselas su padre. Caminaron durante tres horas más, orientándose, exclusivamente, gracias al conocimiento de aquellos parajes por parte de Emilio. A sus ocho años ya encaminaba el ganado hacia aquellos pastos de nadie y de todos. Llegaron a la Peña de la Guaxa, las cinco de la tarde, pronto anochecería. La nevada se fue incrementando pero ya tenían un refugio para protegerse de aquella gélida nieve. Entraron en la pequeña gruta que las propias rocas formaban. La oscuridad se convirtió en la protagonista del lugar. Emilio saco del morral una lamparilla de aceite, la encendió y de pronto, un rápido ruido galopante sonó entre la vegetación de la entrada de aquellos peñascos. Un escalofrío recorrió el cuerpo de ambos pero solo Nevinos se atrevió a decirlo. Emilio callaba mirando hacia el exterior. Una sombra entró en aquel momento y algo empujó a Emilio abriéndose paso hasta Nevinos. Era Cuco, el fiel acompañante. Su cuerpo, empapado por aquella nieve, agua ya entre su pelo, parecía mas delgado. Había desaparecido el volumen de su lomo al tener su pelaje mojado. Intentaron darle de comer pero no probó bocado, su atención era una constante hacia el interior de aquella gruta. Nada que temer, la estrechez de la continuación de aquella cavidad impedía, salvo por la presencia de algún pequeño animal, alarmarse. Pero… ¿por qué no cesaba Cuco de mirar? Emilio no podía quitarse de la cabeza aquel pensamiento.

Llegó la noche, cesó la nevada, desapareció la niebla y entre las rendijas de aquella oquedad entraban rayos de luna llena. Emilio pudo descansar su pensamiento. La blanca y redonda luna, le hizo pensar en una jornada más fácil para el día siguiente. Saldrían al amanecer y a media mañana, llegarían a los Prados donde se encontraba su ganado. ¡Duerme! le dijo a Nevinos, mañana nos espera una jornada que no olvidaremos.

Dos horas transcurrieron cuando un leve, lejano y constante sonido se escuchaba entre aquellas grietas. Parecían pasos cansos, lentos y arrastrados. Nevinos dormía, Cuco, inexplicablemente salió de aquel cobijo hacia campo abierto. Su sombra desapareció y un aullido diabólico hizo eco en aquellas paredes. Emilio se alarmó, Nevinos seguía durmiendo, su cara dulce, tranquila, de niña aún, reflejaba la serenidad que su padre no podía tener.

Aquellos pasos se acercaban cada vez más, pero era imposible que tras aquellas estrechas rendijas, pudiera estar un ser humano. Era imposible, sin embargo parecían continuos y cada vez más cercanos… eran pasos. Emilio fue a retirar a Nevinos de aquel lugar, su espalda se encontraba junto a la rendija desde donde provenían aquellas pisadas. Seguía durmiendo cuando puso sus manos bajo su cuerpo para cogerla. En ese momento una fría y huesuda mano agarró la muñeca de Emilio y de la rendija salió el cuerpo de una vieja mujer. Más bien parecía un espectro pero era humana. ¡Quieto! Ahora me corresponde a mí. Estás en mi casa, yo daré cobijo a esta nena. Ya no es tuya. ¡Vete! Márchate de este lugar al que no te he invitado. Emilio quiso impedir que aquella delgada y maloliente vieja tocara el cuerpo de su hija. Nada pudo hacer. ¡Vete! si no quieres que tu cuerpo acompañe a ese perro desgraciado para desayuno de los cuervos. ¡Marcha!

La fuerza extraordinaria de aquella vieja fantasmagórica pero humana, le echó de un empujón fuera de la pequeña cueva. Ahora esta guaja ye mía, tu ya la disfrutaste, ahora me corresponde a mí. Será mi criada, su sangre me servirá de sustento pero su alma no morirá ¡Vete si no quieres que me arrepienta! Gritó, y clavándole su único diente, comenzó a chupar la sangre de la inocente Nevinos. Emilio observó como su sonrosado rostro se había convertido en un blanco cenizo. La vieja dejó caer al suelo su cuerpo, Nevinos parecía dormida pero ya no era la misma niña. Todo había cambiado en su rostro, no respiraba.

Emilio corrió despavorido hacía los avellanos del valle, cogió una cuerda del morral y atándola a una gruesa rama, se ahorcó. No pudo soportar aquel sorprendente sufrimiento, ni saber que la Guaxa existía.

A los tres días, dos vecinos alarmados al no regresar padre e hija con el ganado, salieron en su busca. El día era soleado cuando encontraron el cuerpo de Emilio medio devorado por las alimañas. Descolgaron aquel cadáver, lo colocaron sobre un macho (mulo) y al dar la vuelta, se encontraron con la figura de una niña, mirándoles fijamente durante unos segundos antes de perderse entre la espesura de la vegetación…

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Estos fueron los últimos días de Nevinos, una alegre niña que, como otros muchos rapaces, desaparecieron misteriosamente de las aldeas de Asturias y que sus almas o cuerpos, no sabemos, pasean por Asturias dando de comer a la Guaxa.. Desde entonces y con el testimonio de aquellos dos vecinos de Sandrón, el valle de Sunchiello paso a denominarse el valle de la Nena Muerta.

Cuando paseéis por los bosques Astures, no llevéis a los niños.

copyright Chechu Arroyo ©

10 comentarios:

Merce dijo...

Con perdón por la expresión, "me he acojonao"...

Sibyla dijo...

Hola Chechu!:
Tremenda historia, fantasmagórica y tenebrosa...

Me recordó las historias de los bosques de Galicia, también se habla de las meigas. Como dice la gente, que no las ha visto, pero que existen.

Estupenda narración!
Un abrazo:)

Fermina Daza dijo...

¡Madre del Amor Hermoso! Hijo, me has puesto el corazón en un puño. ¡Cachis, con la Guaxa esa!

Una narración estupenda y sobrecogedora. Este tipo de leyendas hacen más atractivo un lugar.

Saludos

Irene

Shikilla dijo...

¡Uf! y lo he leído ahora, justo antes de irme a la cama, ay, ay, no se si dormiré o tendré pesadillas. Bien contado, vamos, que me he quedao helada.

Chechu Arroyo dijo...

Merce:
Cuidado si paseas por algunos lugares de esos tupidos bosques...

Sibyla:
Es posible que la unión entre meigas, bruxas y guaxas exista. Es más, cuando vas andando por los senderos del norte, ¿Qué son esos ruidos a modo de susurro?

Irene:
Pues nada, estás invitada a conocer este lugar.

Shikilla:
¿Has dormido bien?

Amanecer dijo...

Me he quedado sin palabras con esta leyenda,un poco tenebrosa.
grandiosa narraciòn, nos llevas a los lugares de tu historia.

Magnìfica narraciòn Chechu!

Besos y muchos màs.

El Viento dijo...

Coiiii.....Me ha recordado a las historias que nos contaba en los fuegos de campamento de los scouts D. Rafael Andolz (sacerdote, escritor y bellísima persona). Cuando regresaba a la tienda de campaña, iba horrorizada... Las ramas de los árboles en la oscuridad me tocaban el pelo y me parecían fantasmas...

Ma dau miedo. Y me han enganchado su lectura.

Besos...

JJ - dijo...

Bárbara!!!
No sabes el frío que he sentido!
Un abrazo mi amigo!

Ana dijo...

Me ha dado miedo, con lo que me gusta pasear de noche entre los árboles de mi huerta, y lo cerca que vivo del bosque... no sé no sé...
Genial Chechu.

Anónimo dijo...

Saludos. Le escribo desde onda peñes, soy david madrazo del programa de radio "investigando el misterio".
Estariamos muy interesados en contactar con usted, el autor:
por favor, remita a esta direccion redaccion@gaipo.es
gracias